El café era demasiado ruidoso para pensamientos serios, y sin embargo el anciano de la mesa de al lado estaba completamente sereno.
Sin móvil, sin portátil: solo una libretita y un espresso lento que no parecía tener prisa por terminar. A su lado, dos adolescentes deslizaban el dedo con furia, cambiando de app cada pocos segundos. En un momento dado, el Wi‑Fi se cayó. Los chicos se quejaron. El anciano simplemente sonrió, entrelazó las manos y se quedó mirando por la ventana como si fuese el mejor espectáculo de la ciudad.
Capté algunos fragmentos de su historia. Nacido en 1954. Criado con tres hermanos, un televisor y cero “normas de tiempo de pantalla” porque las pantallas casi no existían. La disciplina no era un truco de productividad; era simplemente cómo funcionaban las cosas. Habló de ir solo al colegio con siete años, de arreglar su propia bici, de esperar semanas una carta. De esperar por casi todo.
Y me golpeó una idea: a quienes crecieron en los 60 y 70 la vida misma les entrenó para construir fortalezas mentales que ahora intentamos aprender en podcasts. Algunas de esas fortalezas se están desvaneciendo a toda velocidad.
9 fortalezas mentales raras forjadas en los 60 y 70
Los psicólogos lo llaman “impronta generacional”: la época en la que creces cablea tu cerebro de formas silenciosas y obstinadas. Los niños de los 60 y 70 se moldearon con aburrimiento, riesgo y responsabilidad que hoy pondrían nerviosos a muchos padres. Sin apps de rastreo. Sin respuestas instantáneas. Si te perdías, tenías que averiguarlo en vez de tocar un punto azul en un mapa.
Esto construyó primero una cualidad poco común: una autosuficiencia profunda. No la versión de Instagram con frases sobre atardeceres, sino la práctica. “Se me ha roto la cadena de la bici, estoy a ocho kilómetros de casa y no viene nadie. ¿Y ahora qué?” Esa resolución constante de problemas, a baja intensidad, enseñó a sus cerebros una respuesta por defecto distinta: no entres en pánico, piensa. No era heroico. Era lo normal.
Si miras los datos, encajan con las historias. Una revisión de 2020 en Developmental Psychology destaca cómo el juego infantil no estructurado predice una función ejecutiva más fuerte y una mejor regulación emocional en la adultez. Los niños de los 60 y 70 pasaban horas fuera, sin coreografía adulta. Eso significaba negociación constante, conflictos, heridas menores y normas espontáneas. Cada rodilla raspada era una microlección de tolerancia a la frustración. Cuando creces así, el estrés posterior en el trabajo o en las relaciones se siente más manejable. Llevas años ensayando emociones difíciles, en pequeñas dosis.
Hay otra fortaleza sutil: un tipo de paciencia tranquila que está casi extinguida. Esperabas a que volvieran a tener discos de vinilo. Esperabas a que revelaran las fotos. Esperabas a que alguien llamara desde un fijo. La paciencia no era una clase de valores. Venía incorporada en la infraestructura de la vida. Ese entrenamiento repetido cambia lo fácil que te resulta posponer la gratificación, algo que los psicólogos relacionan estrechamente con la salud mental y el éxito a largo plazo.
Cómo recuperar hoy esas fortalezas de los 60–70
La buena noticia: no necesitas una máquina del tiempo. Puedes “ingeniar a la inversa” esos músculos mentales a propósito. Empieza en pequeño. Elige una tarea diaria y elimina el atajo. Ve andando a la tienda que está a diez minutos en lugar de pedir a domicilio. Deja que una pregunta se quede en tu mente una hora antes de buscarla en Google. Llama a alguien en vez de mandar mensajes durante tres días.
Suena casi ridículamente pequeño, pero ese es el objetivo. Tu sistema nervioso odia los grandes choques; tolera las pequeñas fricciones. Cada vez que eliges el camino más lento y más exigente, estás haciendo un “entrenamiento sesentero” microscópico para tu cerebro. Estás reaprendiendo que puedes manejar la incomodidad sin caer en una espiral de estrés. Y también estás probando algo que esa época tenía en abundancia: la satisfacción del esfuerzo que no se recompensa al instante.
Aquí es donde muchos tropezamos. Lo convertimos en un maratón de autoayuda. Nos imponemos 15 reglas. Anunciamos una “desintoxicación digital”. Luego fallamos, nos sentimos culpables y volvemos corriendo a hábitos anestesiantes. Seamos sinceros: nadie hace eso de verdad todos los días. Un enfoque más amable funciona mejor. Trátalo como un experimento, no como una dieta. “¿Qué pasa con mi estado de ánimo si, tres veces a la semana, hago la versión más difícil de algo simple?” Si se siente como un castigo, te has pasado. Los 60 y 70 fueron duros en algunos aspectos, pero también tenían alegría, juego y largas tardes perezosas.
Hay un marco psicológico que merece la pena tomar prestado de esa generación: soy capaz de resolver las cosas, aunque sea un lío. No necesitaban esa frase en un tablero de visión. La vivían. Puedes simular la misma creencia practicando un poco de “atasco voluntario” cada día. Lidia con una receta sin tutoriales en vídeo. Intenta hablar un idioma extranjero mal en vez de hacerlo solo en tu cabeza. Cada pequeño acto de incomodidad elegida es como regar la misma raíz antigua: la resiliencia.
«La resiliencia no se construye en una crisis», señala la psicóloga clínica Meg Jay. «Se construye en los pequeños momentos cotidianos en los que toleramos estar incómodos y descubrimos que podemos con más de lo que pensábamos».
- Elige una tarea diaria para hacerla “a la manera lenta”.
- Programa dos ventanas de aburrimiento por semana: sin móvil, sin contenido, solo tú y tus pensamientos.
- Una vez al mes, afronta un pequeño problema práctico (arreglar, reparar, aprender) sin ayuda online inmediata.
El legado emocional de una infancia más dura y lenta
Hay una escena que mucha gente nacida antes de 1980 recuerda: estar sentado en un coche aparcado de noche, esperando a que un padre “entre un momento” a algún sitio, mirando las farolas y preguntándose de todo. Sin entretenimiento. Solo pensamientos vagando. Ese deambular mental hizo algo sutil: construyó vida interior. La capacidad de estar dentro de tu propia cabeza sin pánico ni aburrimiento.
La psicología moderna está volviendo a esto. Los estudios sobre el “pensamiento independiente del estímulo” muestran que la mente necesita espacios en blanco para integrar experiencias, procesar emociones y generar ideas. Los 60 y 70 dieron a los niños un campamento de entrenamiento duro e involuntario en esa habilidad. Nadie lo llamaba mindfulness. Era simplemente… esperar. En la parada del autobús. En una cola. En tu habitación, mirando pósters mientras la radio crepitaba de fondo.
En lo práctico, aquella época también configuró a las personas para una frugalidad emocional. No difundías cada sentimiento. Se lo contabas a unos pocos amigos cercanos, o lo escribías en un diario, o simplemente lo cargabas tú. Eso tenía desventajas, claro. Parte del dolor se escondía. Pero también significaba menos presión por representar emociones en público. Hoy, con cada reacción potencialmente en internet, nuestros sentimientos pueden empezar a sentirse como contenido. Quienes vienen de los 60 y 70 suelen conservar un núcleo más silencioso y privado. Para muchos, esa privacidad es un santuario.
Los psicólogos ahora hablan de “tolerancia al malestar”: tu capacidad de sentirte mal y no empeorarlo. Quienes crecieron entonces la practicaron cada vez que un plan se frustraba y literalmente no había nada más que distrajera. Los planes fallaban a menudo. Los teléfonos estaban pegados a la pared. Si alguien no aparecía, no podías escribirle. Simplemente asumías la decepción, te ibas a casa y hacías otra cosa. Sin hilos interminables de mensajes diseccionando cada matiz. Solo la realidad, cruda y un poco dolorosa.
Si quieres un poco de esa estabilidad emocional hoy, el camino es menos glamuroso de lo que sugieren muchos libros de autoayuda. Suena así: “¿Puedo sentir esto y no escapar inmediatamente?” Esa es una pregunta muy setentera, en espíritu. Deja que la ola te golpee. Observa tu impulso de scrollear, beber, comprar o hablar para quitarle hierro. Espera cinco minutos. No intentas ser estoico. Solo estás demostrando a tu cerebro que los sentimientos son visitantes, no emergencias.
Esa generación también tenía una relación distinta con el fracaso. Los boletines escolares eran duros, los mercados laborales impredecibles, las trayectorias vitales menos curadas. Los años sabáticos no eran una marca; eran “todavía no sé qué hacer, así que trabajaré o iré tirando”. Esa crudeza entrenó una resiliencia terrenal: las carreras zigzagueaban, los sueños mutaban y, de algún modo, la gente salía adelante. Eso no es nostalgia: es terapia de exposición. Muchos no tuvieron más remedio que mirar de frente la incertidumbre.
Hoy podemos tomar esa postura de forma deliberada añadiendo pequeñas dosis de incertidumbre a propósito. Viaja sin planificar cada minuto. Preséntate a algo para lo que no estás del todo “listo”. Prueba un proyecto cuyo resultado no está claro. Esos micro‑riesgos evocan la atmósfera de los 60 y 70, cuando el futuro se sentía a la vez aterrador y extrañamente abierto.
Y hay una fortaleza más silenciosa, a menudo ignorada: aguante del compromiso. Relaciones, trabajos, comunidades: la gente se quedaba más tiempo, a veces demasiado. El divorcio tenía estigma. Cambiar de empleo con frecuencia era sospechoso. Eso tenía sus injusticias. Pero, mentalmente, la capacidad de mantenerse reconfigura cómo manejas el aburrimiento y el conflicto. No interpretas cada bache como una señal para salir disparado. Primero pruebas si puedes reparar, y luego decides.
No necesitamos romantizar el pasado para admitirlo: parte de esa capacidad de sostener podría suavizar el vaivén frenético y ansioso de la vida moderna. Intentar reconstruirla no va de juzgarte, sino de hacerte una pregunta simple, al estilo de los 70, cuando las cosas se ponen difíciles: “¿He probado realmente todo aquí, o simplemente estoy cansado?” La respuesta puede ser sorprendentemente clarificadora.
Un legado al que aún puedes acceder
Si creciste en los 60 o 70, muchas de estas fortalezas probablemente te parecen invisibles. No las etiquetas. Puede que solo pienses: “La vida era distinta entonces”. Sin embargo, debajo de esa frase hay habilidades que las generaciones más jóvenes intentan aprender desesperadamente: estar solo sin pánico, esperar sin rabia, soportar la incomodidad sin desmoronarse.
Si eres más joven, no estás excluido de este legado. La cultura cambia, pero los cerebros humanos son tercamente adaptables. Puedes crear pequeños bolsillos de “tiempo más lento” dentro de un mundo hiperveloz. Puedes decidir que no toda emoción necesita público. Puedes tratar los problemas menores como entrenamiento en lugar de prueba de que la vida es injusta. Nada de esto necesita permiso de una app ni de una tendencia.
En un plano más profundo, estas 9 fortalezas mentales tratan de una cosa: no externalizar tu vida interior. En los 60 y 70 eso era casi inevitable. Hoy es una elección. Una elección silenciosa, privada, cotidiana. ¿Cuánta de tu atención, tus reacciones y tu resiliencia estás dispuesto a entregar a los algoritmos, y cuánto quieres cultivar tú mismo?
Todos llevamos dentro a ese hombre del café, aunque lo hayamos enterrado bajo notificaciones y ruido. La parte de nosotros que puede sentarse, pensar, esperar y confiar en que lo resolverá. Quizá la pregunta real sea simple: ¿qué época quieres que entrene tu mente: la que deslizas con el dedo o la que construyes conscientemente?
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Autosuficiencia discreta | Aprender a resolver pequeños problemas sin ayuda inmediata ni tecnología | Refuerza la confianza en uno mismo y reduce la ansiedad ante lo imprevisto |
| Tolerancia al aburrimiento | Recuperar momentos sin estímulos para dejar que la mente divague | Favorece la creatividad, la claridad mental y la calma emocional |
| Aguante emocional | Permanecer presente en la incomodidad en lugar de huir de ella de inmediato | Ayuda a atravesar conflictos, fracasos y cambios sin sentirse roto |
FAQ
- ¿Cuáles son las 9 fortalezas mentales que suelen compartir las personas de los 60 y 70? Cosas como autosuficiencia, paciencia, tolerancia al aburrimiento, aguante del compromiso, resolución práctica de problemas, privacidad emocional, tolerancia al malestar, comodidad con la incertidumbre y capacidad de “averiguarlo” sin guía constante.
- ¿No es esto idealizar el pasado? Ninguna época fue perfecta, y los 60–70 tuvieron fallos serios. La idea no es copiar el pasado, sino detectar algunos hábitos mentales que esa época entrenó muy bien sin querer.
- ¿De verdad las generaciones jóvenes pueden desarrollar las mismas fortalezas? Sí. El entorno es distinto, pero el cerebro sigue aprendiendo por repetición y exposición. Elecciones pequeñas y regulares para afrontar aburrimiento, esfuerzo e incertidumbre desarrollan los mismos “músculos” con el tiempo.
- ¿Necesito “desconectarme” de la tecnología para obtener estos beneficios? No del todo. Solo necesitas bolsillos protegidos de tiempo en los que no uses la tecnología como escape automático de cualquier emoción incómoda o retraso.
- ¿Cómo empiezo sin agobiarme? Elige una práctica minúscula: un paseo diario corto sin el móvil, esperar cinco minutos antes de mirar una notificación o resolver un problema a la semana sin tirar de Google. Que sea pequeño, pero constante.
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